“Me amenazó con colgar mis vídeos sexuales y etiquetar a mi familia”

sexting a menores

— Ya sabía cómo me iba a suicidar. Mi compañera de piso tomaba Trankimazin. Me dije, me trago unas cuántas pastillas y ya está.

Menudo y nervioso, Pedro relata los planes que barruntaba para quitarse la vida. Allá afuera, en alguna web porno gay, estaba él masturbándose y magreándose con otro hombre. Le pedían 1.000 euros por no etiquetar en una red social a su madre y a su hermano. Pedro es un treintañero que no se llama así. Creció en una muy adinerada familia ultracatólica al otro lado del Atlántico que nunca supo por su boca que le gustaban los hombres. Se gana la vida como creativo publicitario. “Entendí perfectamente a la chica de Iveco [Verónica, la trabajadora de la empresa de camiones que se suicidó el pasado 25 de mayo. Entre 200 compañeros circulaban sus imágenes sexuales]. Todos los que la rodeaban tenían los vídeos. Y su marido no lo sabía. No sé, si los míos hubiesen llegado a mi madre o mi hermano…”. Un hermano que pretende que Pedro se case con una mujer solo para guardar las apariencias.

— Vino totalmente paralizado, no hablaba. Tenía miedo, caminaba por la calle y pensaba que todo el mundo le miraba.

Habla Encarni Iglesias, presidenta de Stop Violencia de Género Digital. Pedro la escucha con respeto. Cuando interviene en la conversación él agita su abundante cabello lacio sobre unas gafas de pasta. Una psicóloga de la asociación le sacó de la ciénaga en la que un tipo desdoblado (se hacía pasar por dos personas distintas) le había hundido. Chantajear a alguien con sus imágenes sexuales, es decir, la sextorsión, es un crimen poco denunciado pero penado con hasta cinco años de prisión. Por difundir fotos o vídeos de otros, al castigo se le sumaría un año de prisión o multa. Un estudio realizado por la asociación de Iglesias en 2016 sobre 1.000 entrevistas halló que un 43% de los consultados se había sentido acosado a través de una red social o Internet, en una proporción casi similar entre hombres y mujeres.

El origen del encuentro con Pedro en un despacho prestado de un barrio de Madrid está en una noche de hace dos años en la que él inició un chat dentro de una web gay. Escribía un hombre desde provincias que le hizo notar que se había mudado allí para cuidar a su abuela. Hubo química y pasaron a mensajearse por Skype. El chico, contaba, era del Real Madrid y amante del tenis. “Me pasó fotos en la pista, pero con gorra, y flequillo, no se le veía mucho la cara”, relata el joven. Se apuntó al League of Legends para jugar con él. Se entendían. Pasó mes y medio. “Hablábamos todos los días, tanto, que creas un vínculo. Una noche, la conversación subió de tono. Me mandó una foto casi porno. No se le veía la cara. Como respuesta, claro, envías otra. Luego me pidió más y cometí el error de pasárselas. Con cara y todo.

El comunicante, en cambio, apenas se mostraba. “Cuando conectábamos la cámara siempre era de noche. Él estaba a contraluz, como en penumbra”, dice Pedro. Hubo más fotos. Vídeos también. “Yo ya me había grabado antes. Me da morbo”. Casi una decena de filmaciones, algunas producidas (él tiene estudios de vídeo), con trípode, a veces con otra persona.

Al poco un hombre le agregó en Skype desde una ciudad periférica. “Ese sí enseñaba fotos. Muy guapo. Muy buen cuerpo. Me contó que era el mejor amigo del otro chico, y que como estaba muy ilusionado, quería conocerme, para ver si le convenía”. Al mantener dos chats paralelos con ellos, si uno hablaba, el otro callaba.

“Un día el segundo chico me dijo que le encantaban mis vídeos y que si podía mandar más, solo para él. Ahí me saltaron las alarmas. ¿Cómo podía ser? En los vídeos se me reconocía perfectamente, incluso mi habitación, mi piso, la zona, mis tatuajes. Todo el mundo iba a saber que era yo. Le dije que no y me amenazó con publicar uno en una web porno”. En 2017, último año con cifras disponibles, se incoaron 466 procedimientos por acoso a través de Internet, un 7% de todos los abiertos por delitos informáticos, según la memoria de 2018 de la Fiscalía, que advertía de “la frecuencia creciente con que se utilizan las tecnologías como medio para canalizar el hostigamiento, la humillación, la persecución, la coacción, el acoso o el ejercicio del control sobre otros”.

Pedro acudió al primero, con el que creía mantener una relación. Este dijo que el material estaba en un pendrive, que el otro se lo había cogido y que le había costado mucho convencerle de que no le pidiera más. “Me acabó diciendo que no fuese tonto, que le enviase un vídeo de un minuto y que no publicaría nada”.

No cedió. Y comenzó el chantaje. Con cosas que sabía el primero. Como lo de su familia. “Me amenazó con etiquetarles en las redes sociales”. Luego, pidió dinero. 500 euros. 1.000. El primer chico se había desvanecido.

Le embargó el terror. Una cosa es que su familia sospechase que no le gustaban las mujeres y otra encontrarlo masturbándose en una web porno gay. “No lo cuentas por vergüenza. Nadie sabía que le mandaba vídeos a un chico y que me chantajeaba”. Lloraba a solas. “Te creas una situación de pánico. Te cruzas a la gente por la calle y piensas, este ha visto el vídeo, porque no sabes qué aspecto tienen”. Presa de una enorme ansiedad, fue a comisaría. “Me sentí juzgado, porque piensan que el mundo gay es muy promiscuo y te vienen a decir que te lo mereces”.

Hasta que conoció a Encarni y la asociación. “Me dijo que no pagase, que le bloquease”. Es el consejo de los expertos, nunca ceder al chantaje. “Es tanta la desesperación, ver que no tienes el control… Si cortas nunca sabrás si lo colgara o no. Me costó muchísimo”.

¿Difundió el misterioso hombre de las dos caras sus vídeos? Encarni asiente. “Sí, hemos localizado seis o siete”. Pedro se altera: “Nunca los vi. No quiero saberlo. Es que me da algo”, dice revolviéndose en el asiento.

Cuando en la televisión salieron imágenes de la fábrica de camiones donde trabajaba Verónica, Pedro rememoró sus días de zozobra. “Vi como mucha gente la juzgó [tras el suicidio], que si había dejado solos a los niños. Pero solo la gente que ha pasado por ahí lo entiende. Es horrible. Yo si la entendí. Porque yo lo pensé”.

El hombre que quiso desaparecer parece ahora al mando de su vida. “Le estuvo tratando una psicóloga. Nos costó mucho trabajo hacerle denunciar”, cuenta la perita informática. “Y lo hizo. Pero las herramientas para extraer las pruebas son muy caras y más si el contenido se subió fuera de la UE. No pudimos seguir adelante”. Ahora él desaconseja a sus amigos compartir vídeos. “Si lo hacen, que sean conscientes, que ese contenido lo entregas como cuando entregas las llaves de tu casa. Que no se vea la cara ni tus tatuajes. Y hazlo por WhatsApp, porque luego es fácil hacer el rastreo, hay un número de teléfono detrás”.

Está sin pareja. Cuando la tenga, el miedo le rondará aún más que ahora. “De que llegue un vídeo a esa persona siempre vas a tener miedo, como le pasó a la chica de Iveco. Te jodería que todo el mundo vea a tu pareja follando, desnudo, y masturbándose. La ventaja entre comillas, en el mundo LGTBI, el 80% ha hecho sexting [envío de mensajes, fotos o vídeos de contenido erótico o sexual por el móvil]. Si yo estoy en riesgo, esta persona también”, dice Pedro. Encarni también subraya que hay muchísimos hombres víctimas de estos delitos. “Es más fácil que se pongan antes ante una cámara a masturbarse”. Una encuesta reciente realizada a gais y lesbianas sobre el sexting en las apps de contactos encontró que esta práctica es más común en hombres, que también piensan que mejora las relaciones y es excitante en mayor medida que ellas, que son más conscientes de los peligros futuros. Pedro opina: “Las lesbianas no lo hacen. A una mujer no le sacas tan fácilmente una foto. Lo hacen como prueba de amor”

“A unas se lo piden, otras lo hacen porque les da la gana, otras para sentirse mayores, o porque con esas imágenes pueden tener al chico retenido”, añade ella. “En Internet te haces la vida que a ti te gustaría tener, que es lo que hace el 95% de la gente”.

El hombre con visera sigue ahí fuera. Pedro ha visto sus fotos en redes de contactos. Desnudo de cintura para arriba, con un peluche. “Yo fui presa fácil. Yo me lo curraba. No le costó engañarme”.

En 15 segundos, muchas capturas

“En mi generación empezamos a hacer sexting”, afirma Pedro, “y la gente joven no lo va a dejar de hacer. Si mandas una va a ser el error de tu vida y si lo haces, que no se te vea la cara o no se te reconozca. Si, como en mi caso, tienes tatuajes que te identifican, hay Photoshop para quitarlos. Yo lo hice todo como no hay que hacerlo, sin medidas de seguridad”

No hay vídeo efímero. Todo deja huella, incluso en las redes tipo Snapchat en los que desaparecen. Además, dicen tanto Encarni como Pedro, en 15 segundos se pueden hacer muchas capturas “y aunque la aplicación te avise, la captura está hecha”, remacha él.

Fuente: https://elpais.com/sociedad/2019/07/03/actualidad/1562184376_183250.html